Estoy investigando la biografía de mujeres artistas que para mí son zarpadas.
En parte por su talento, sí.
Pero sobre todo porque, a pesar de todo y de todos, se animaron a crear.
Y conectar con eso es profundamente motivante.
Porque durante siglos se esperaba que las mujeres fueran discretas, complacientes, correctas, sumisas, silenciosas.
Sin embargo, ellas eligieron otra lealtad: ser fieles a sí mismas.
Y creo que eso es tener fuego propio.
Ahora bien: esto no significa no tener miedo ni dudas.
Significa que hay algo mucho más importante que ese miedo o esas dudas.
Me gusta volver a estas mujeres porque me recuerdan que crear no es solamente producir una obra.
Crear también es vivir una vida.
Y eso empieza mucho antes de publicar un libro, pintar un cuadro o escribir un poema.
Empieza el día en que dejás de preguntarte cómo deberías ser y empezás a ser vos.
Pienso en Frida Kahlo.
Pasó gran parte de su vida atravesando dolores físicos insoportables después de un accidente que cambió para siempre su cuerpo.
En lugar de esconder ese dolor, lo convirtió en pintura.
Una mujer con fuego propio no espera a que desaparezca el dolor para empezar a crear.
Pienso en Anaïs Nin.
Durante más de sesenta años escribió diarios íntimos.
No porque supiera que algún día serían publicados.
Sino porque escribir era su forma de comprenderse y de expresar la intensidad con la que vivía.
Una mujer con fuego propio cultiva una relación con su mundo interior.
Pienso en Virginia Woolf.
Mientras el mundo discutía si las mujeres debían escribir, ella hizo una pregunta mucho más incómoda: ¿cómo pretendemos que una mujer cree si nunca tiene tiempo, dinero ni una habitación propia?
Su ensayo Un cuarto propio sigue siendo una invitación a preguntarnos qué condiciones necesitamos para que nuestra voz pueda existir.
Una mujer con fuego propio también protege el espacio donde ese fuego puede seguir vivo.
Pienso en Clarice Lispector.
Escribía para acercarse al misterio de estar viva.
Una mujer con fuego propio no necesita tener todas las respuestas. Se anima a habitar las preguntas.
Pienso en Georgia O’Keeffe.
Mientras muchos críticos insistían en interpretar sus flores como símbolos sexuales, ella respondía con una serenidad admirable:
“Si realmente se tomaran el tiempo para mirar una flor, no necesitarían inventar otra historia”.
Y seguía pintando desiertos. Huesos. Montañas. Silencio. Naturaleza. Seguía mirando el mundo con sus propios ojos.
Una mujer con fuego propio no mira el mundo como esperan los demás.
Pienso en Victoria Ocampo.
En una época en la que la vida intelectual estaba reservada exclusivamente a los hombres, decidió ocupar un lugar.
Ella no solo escribió, también creó espacios para que otros escribieran. Fundó la revista Sur, una editorial, reunió algunas de las voces más importantes de la literatura del siglo XX y sostuvo una conversación cultural que todavía hace eco.
Fue cuestionada por ser mujer, por su clase social, por su estilo de escritura y por animarse a pensar en voz alta.
Una mujer con fuego propio no espera que le den un lugar: lo crea.
Lo que más me inspira de todas ellas es que no intentaron encajar. No esperaron validación. No construyeron una identidad para ser aceptadas.
Construyeron una vida alrededor de aquello que sentían verdadero.
Porque una mujer con fuego propio no organiza su vida alrededor del miedo.
La organiza alrededor de aquello que sabe que vino a expresar.
Si alguna de estas mujeres despierta tu curiosidad, te dejo algunas puertas de entrada a sus universos. Y, sobre todo, a sus voces.
Hay algo en escuchar cómo hablan, cómo hacen silencio, cómo miran… que me resulta tan inspirador como leerlas:
❤️🔥 Frida Kahlo
El documental The Life and Times of Frida Kahlo
❤️🔥 Anaïs Nin
Una de sus entrevistas de 1970
❤️🔥 Virginia Woolf
La grabación de su voz recitando en 1937
❤️🔥 Clarice Lispector
Una entrevista de 1977
❤️🔥 Georgia O’Keeffe
El documental donde comparte la manera en que observa y pinta la naturaleza
❤️🔥 Victoria Ocampo
Un recorrido por su biografía
Creo que todas ellas, cada una a su manera, hicieron exactamente lo mismo: se escucharon.
Y después tuvieron el coraje de vivir en consecuencia.
Quizás el fuego propio no sea una personalidad. Ni un talento. Ni una característica con la que algunas nacen y otras no.
Quizás sea la decisión, una y otra vez, de ser una misma.