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Creo que mi primer encuentro con las letras, hace unos largos años atrás, fue a través del ritmo de los versos. Recuerdo cuando mi anotador cobraba vida y el color azul le hacía cosquillas a las hojas que pedían a gritos líneas, frases, recuerdos, sensaciones y emociones. Después de bajar mis castillos de letras de abecedario al papel, me sentía liviana. Como si el mundo me sirviera un bálsamo de quietud y el ruido se esfumara de mis oídos.

No hay eureka más real que la palabra escrita. Se clarifican las ideas, los pensamientos, los sentimientos. Cualquier cabeza pantanosa limpia sus más íntimos enredos mientras la tinta baila a su propio compás. Disgregarse y leerse. Leerse y observarse. Observarse y entenderse. Entenderse y amarse.

Para mí la poesía es sanadora. Para algunos será más fácil o más difícil, pero es tan seductora. No importa si es en verso o prosa, si tiene más o menos ritmo. La consigna es dejarse llevar por el mar de luces y sombras que desbordan nuestra alma. La poesía es canción, es drama, es melancolía, es alegría, es ficción, es realidad, es caos, es armonía. La poesía es el rasgueo de la guitarra, es el sol de invierno.

Llevo la poesía en la sangre: dos abuelas amantes de la composición de grafemas como piezas de rompecabezas. Una de ellas artista, escritora, con dos de sus libros publicados descansando en mi biblioteca y a la que nunca conocí, pero con la que comparto pasiones tan profundas como las raíces que nos unen.

Poesía que hay que dejar salir, de la manera que sea y como ella, tan sabia como es, quiera. Un maravilloso hábito de dibujar símbolos y formas, donde las líneas se manejen solas y las pinceladas son con brochas de luz azul.

Escribo diarios y te animo a que te conozcas a través de consignas y talleres. Soy nómade y bien humana. Amo la naturaleza, los libros y la autoexploración. Autora de Letras Luz y del blog La Vida de Viaje.

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