EL TIEMPO Y YO

 

Si el tiempo fuese una persona, ¿cómo sería? Me la imagino encorvada y vieja, con una bolsa en la espalda sucia y cargada, con cara de “hay algo de todo esto que no me gusta”. Ese “todo” podría encerrar una realidad finita como un barco cargado de pasado y futuro. Más que peleada con su metro cuadrado, creo que su enojo es con quienes no la dejan vivir en paz: su bolsa es fruto del peso que le cargamos en su espalda.

Tiempo: algo que nos cuesta tanto.

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Alguien me tenía a upa. No sé si era papá, mamá o una de mis tías. Lo que sí me acuerdo es lo que pensé: “¿cuándo termina el día? ¿Cuando me voy a dormir?”. Levanté los ojos para mirar la casa de la vecina y fue como ver al tiempo materializado: una construcción vieja de piedra con algunos pastitos creciendo entre las hendiduras. Había tierra. Tierra húmeda.

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De adolescente muchas veces pensé en la muerte. Llegué a tener ataques de pánico, bajas de presión, respiración entrecortada, llanto.

La muerte como la ausencia del tiempo.

Es como cruzar una frontera de la que uno nunca va a volver.

La muerte como la conciencia del tiempo.

Es como un túnel invisible que nunca sabremos dónde está.

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Busco en Google: “el tiempo según grandes pensadores”

Aristóteles: si consideramos que el tiempo está compuesto de dos partes (y no de tres, porque el presente no es una parte) resultaría evidente que el tiempo no existe de modo absoluto, sino solo de manera relativa y oscura: la primera parte (el futuro) será en algún momento pero aún no es, y la segunda (el pasado) en algún momento fue, es decir, dejó de ser. Resultaría dudoso, entonces, hablar de la existencia del tiempo, puesto que aquello que se compone de partes inexistentes difícilmente podría considerarse como algo que participa del ser.

Plotino: el tiempo es algo real en el alma.

San Agustín: pasado, presente y futuro adquieren otro significado al identificarse con memoria, atención y espera. El pasado es lo que se recuerda, el presente es a lo que se está atento y el futuro lo que se espera. Son entidades que no poseen realidad propia, salvo la que les da el ser humano.

Heidegger: existe el tiempo “propio” y el “tiempo del mundo”. La infancia, la juventud, la madurez, la ancianidad y la muerte articulan el camino vital de toda persona. La experiencia humana a lo largo de las diversas etapas de la vida constituye una autentica vivencia del tiempo en sí, muy distinta de la experiencia de contar y utilizar un tiempo “vacío”. Se trata de una experiencia histórica, que entraña la conciencia de nacimiento, de evolución, de caducidad y, sobre todo, de muerte.

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A veces me apuro para hacer cosas, para cumplir con lo pendiente, para sentirme productiva. Corro atrás de la sombra de una zanahoria. El pensamiento-látigo que me acompaña es: “estoy perdiendo el tiempo” / “no estoy aprovechando el tiempo”. ¿Y para qué quiero tiempo? ¿Cómo lo quiero llenar? ¿Qué no estoy haciendo para pensar que se me escapa?

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En la naturaleza el tiempo es estático. Lo que sucede, sucede.

¿Pensamos en el tiempo cuando miramos el bosque, cuando la nieve cubre las montañas, cuando las flores crecen?

¿Hay tiempo en el viento, en los ríos, en la lluvia?

¿Será el que tiempo nació con nosotros?

Si lo veo en mis arrugas y en mis canas, el tiempo soy yo.

Es un relojito que avanza lento y parejo.

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