Diario de la infelicidad (día 5)

 

3 de marzo de 2019

Querido diario de la infelicidad:

Me desahogué. Te juro que estos días me desahogué. Ahora me siento silenciada, como cuando se despide una tormenta. Siento que lo que escribí fue suficiente, que el proceso de soltar seguirá en otro plano y que haberlo hecho cuerpo a través de las palabras era un acto impostergable. Me di piedra libre para sentir. Me habilité a decir lo que nunca dije. Y tal como me hizo recordar L con su mensaje de ayer:

…todo lo que leí del Diario me ha pasado, y saber que sentirse tan mal, tan angustiada y con tanto dolor; no es estar depresiva, no es ser desagradecida (“mirá todo lo que tenés a tu alrededor, tendrías que estar agradecida y no llorando”). En todo caso estoy agradecida de poder pasar por estos procesos.

Escribir un “Diario de la infelicidad” no significa que “soy” infeliz o que “soy” una desagradecida porque me estoy quejando en lugar de agradecer lo que soy o lo  que tengo, sino todo lo contrario: estoy atravesando emociones que necesitan ser reconocidas. Eso tampoco significa que estoy deprimida o depresiva. Estoy real. 

Pero si de sincericidio hablamos, esto también quiero que sea dicho: hace unos diez años atrás sí pasé por una etapa de angustia muy profunda que coincidió con el inicio de mis estudios universitarios. Haber cursado en un colegio donde mi mamá era la secretaria y donde mi hermana era primer promedio, abanderada y la alumna ejemplar (cargas innecesarias si las hay), fue contraproducente para  lo que vino después: no había manera de que encuentre mi lugar en la universidad ni en mis nuevos grupos de amigos. Me sentía incómoda, me costaba mostrarme como era y me daba miedo hablar, y sobre todo, equivocarme. Todo esto me angustiaba horrores y no sabía por qué me pasaba. En aquel entonces fui a una psicóloga de la obra social y lo primero que me respondió cuando le conté lo que sentía fue: “vas a tener que tomar antidepresivos”, así en seco. Fue tan dura al decirlo que en lugar de salir liviana, me fui peor. Aquella noche llovía, y cuando llegué a mi casa, me tiré en la cama y empecé a llorar. Lloré tanto que todavía me acuerdo de la tristeza que sentía en el pecho y de la posición fetal que adopté cual niña que necesitaba volver a un lugar seguro y conocido. No recuerdo bien, pero creo que tenía 23 años.

Fueron momentos muy difíciles. Llegó un punto en el que sola ya no podía seguir, y ahí la conocí a Grace y sus terapias alternativas. Y después de mucho trabajo interno, de hacerme cargo de mis miserias y de ir hacia la raíz, volví a conectar conmigo. En todo ese tiempo la escritura me sirvió de espejo, de refugio y de faro. Todo lo que no decía, lo escribía porque sabía que si mantenía toda esa maraña de pensamientos en el plano mental, me iba a enfermar. Y yo no quería llegar a eso. Demasiado dolor había en mi cuerpo como para seguir cayendo en el pozo.

Entonces: si estás o no deprimido, si estás o no pasando por un momento de dudas, de miedos, o lo que sea que estés sintiendo hoy, escribí. No busques la perfección literaria, buscá reconocerte en las palabras que escribas. No te fijes ni en las comas ni en los puntos ni en la ortografía: tu mundo interno no conoce de reglas, necesita espacio para hacer espacio. 

L también me recordó esto:

Lo perfecto es un envase al que aspira una humanidad moribunda. Es el sin sentido hecho adjetivo. Eso es: un adjetivo más que nos jodió la vida. Es el momento ideal para escribir, es el bar en la playa, es el viaje sin fin. Y mientras todo eso pasa, la vida también. Y lo perfecto deja de ser perfecto porque se consume como una vela y la rueda vuelve a empezar con otro momento, otro bar, otro viaje. Y la felicidad (hermana gemela de lo perfecto) se esfuma en un horizonte pálido.

¿Sabés qué, Diario? Creo que es ridículo que intentemos esconder la tristeza o las lágrimas cuando nacemos gritando y llorando. Nacemos desprendiéndonos de lo que fue nuestro lugar seguro y cuidado durante nueve meses. ¿Entonces por qué negamos esas emociones tan genuinas?

Si querés llorar, llorá. Si querés reír, reí. Pero por favor te lo pido: sé honestx con vos mismx y reconocé, de una buena vez por todas, que sos luz y humo.

 

*Si algún día empezás a escribir un diario de la infelicidad y te animás a compartir fotos (y/o partecitas de tus textos) en las redes sociales,  hacelo con el hashtag #diariodelainfelicidad, así yo también te leo. 

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