Viaje de autoexploración por Mendoza (parte 1)

 

Día 1: Volar

Que las demoras me hagan trabajar la paciencia, que la turbulencia me avive la calma, que la intuición me siente al lado de un maestro de reiki que me habla de ciclos y símbolos, que el llanto de unos nenes durante el aterrizaje me anude la garganta, que la Cordillera me mire y yo le sonría, que una nena de 7 años me abrace como si me conociera de otras vidas, que una casa ajena se convierta en hogar tan rápido.
Permitirme volar.
Permitir que las cosas sucedan.
Permitirme suceder con ellas.

Día 2: El fuego

Llegué a una casa de adobe circular pegadita a la Cordillera. Solo conocía la voz de su dueña y pedacitos sueltos de su historia: que tenía una hija de 7 años llamada Helena, una gata, una perra y un pasaje de un mes y medio para Islandia. Que la vida le había pegado fuerte y que ese viaje era un sueño a punto de empezar. Que prefirió no alquilar su casa sino ofrecérsela a alguien como una manera de dar después de haber recibido tanta ayuda. Ella no sabía que yo, la chica que de repente apareció con un mensaje en su Whatsapp hace unas semanas, también tenía un sueño: cuidar una casa, de adobe, circular y cerca de la montaña. Helena me lo dejó muy claro: “tenés mucha suerte de cuidar esta casa, eh”. Y mientras las maderitas y el papel se encendían en la salamandra, las tres nos quedamos en silencio. La leña crujía. Y el fuego fue testigo de confesiones, de pasados y presentes, de duelos aún vivos y de futuros con intenciones.
Ese fue el verdadero fuego.
El que construimos las tres.
En ese aquí y ahora que parecía eterno.

Día 3: Contemplar

Abrir la puerta, respirar bajito, pestañear a la velocidad de un suspiro. Que los pies sientan el calor de la tierra y que esta tierra sea lo que agradezco todos los días. Girar la cabeza hacia la izquierda y que la Cordillera me asombre con sus grietas y surcos. Girar hacia la derecha y ver a lo lejos nieve fresca, pura, nueva. Leer en una botella una frase de Shakespeare: “El pasado es un prólogo”, y oír el presente en la canción Barek de @cielorazzooficial:
“Lo nuestro no es nuestro
el mensaje es para todos
Lo que afecta te expande
y abre la consciencia”.
Y retroceder para oírlo otra vez.
Y levantar la mirada para contemplarla otra vez.
Y otra vez sonreír por la sutil sincronicidad de las cosas.

Día 4: La montaña

En el mismo terreno donde está la casa de adobe circular hay otras casas. En esas casas viven escaladores y montañistas, es decir que estoy rodeada de personas apasionadas por la montaña. La montaña, para ellos, es un viaje. Y me atrevo a decir que ese viaje es, en definitiva, una excusa para viajar hacia sí mismos. Bety me cuenta que de a poco está volviendo a acercarse, con respeto, a su maestra. Y con Rosa echada al sol y yo en pantuflas, abro “Mal de altura” de Jon Krakauer y leo una dedicatoria en su contratapa: “Si tu objetivo es la cumbre de una montaña, amala, respetala y renuncia a ella, pues te esperará porque siempre está ahí”. Y en Kerouac encuentro una frase: “se frota los ojos para arrancarse el sueño y despierta a ese mundo helado que aúlla”.
Quizá la montaña aúlle y solo unos pocos la escuchen.
Quizá la montaña me esté hablando en susurros con el lenguaje del mundo.
Quizá yo, recién ahora, lo esté empezando a traducir.

Día 5: La luz

De mañana no se escucha nada, o si. Creo escuchar la luz cuando empiezan a brillar las ventanas. Ayer las limpié para que el sol entre con más fuerza, para que el calor se quede y no falte, para poder mirar mejor.
A veces siento que esta casa es como un útero.
Quizá la que nazca de nuevo después de este invierno sea yo.

 

Día 6: La pausa

Los días son cortos, con pocas listas, con pocos tildes. Me dedico a la casa, al fuego, al sol, a Rosa y a Cima. Cocino con verduras de verdad, escucho a los pájaros, pedaleo hasta el pueblo. Freno despacio, freno porque quiero, me levanto con el sol y cuando la casa me despierta. Tomo té, en el pasto, en silencio.
Y siento.
Y escucho.
Y respiro.
Y medito.
Y vivo la vida en presente.

Día 7: El cielo

Hace 7 días que vivo en esta casa. Cada día el cielo me deja muda, silenciada, pausada en la eternidad. Las nubes se apoyan en la montaña como si quisieran formar parte de la tierra. De tarde el sol transforma al cielo en un arcoíris.
Es un instante veloz.
Es un paréntesis en el tiempo del universo.
Es génesis y muerte, todos los días, a la misma hora y con el mismo cuerpo.

Día 8: El cuello

Me duele. Me duele por no estar sentada como debo, porque la computadora no está a la altura de mis ojos, porque el frío me tensa los hombros. Abro el diccionario de biodescodificación y leo: “es una zona de comunicación entre el cuerpo y la cabeza. Hay un simbolismo en cada vértebra”. Y sigue: “obstinación en no ver el otro lado de las cosas (…) relación con lo que se hace en la vida de adulto”. Tres veces leo la palabra-llave:
Comunicación
Comunicación
Comunicación
Y pienso que el viaje hacia el centro de mi misma no va a terminar nunca.
Que el camino de la consciencia es intenso, a veces difícil, a veces liviano. Y el cuerpo lo expresa.
Pero sé que me tengo, sé que estoy para mí misma.
Y eso ya es suficiente.

Día 9: El barrio

Salí a caminar sin intenciones. No buscaba nada, solo quería aire.
Frente al terreno hay viñedos, los pájaros saltan y planean y noto que el suelo está igual de seco que mis manos: las arrugas que veo hoy días atrás no existían.
De un lado hay casas, algunas son sueños en construcción. Hay álamos, tierra fértil y una ruta de pavimento como horizonte. Del otro lado hay polvo en el viento, humo de hojas quemadas y montañas que laten
y respiran
y están.
Ellas están.
La vida acompaña el ritmo del sol.
La vida de pueblo es lo más parecido a esa vida.
El pueblo y yo vamos a la misma frecuencia.

Día 10: Huayquerías

El aire está helado, pero el sol promete calentar la tierra pronto. Estamos en un desierto de arena rodeado de paredones de arcilla, hay salitre en las rocas y agua que cada tanto brota del suelo como pidiendo salir. Dicen que este lugar tiene una energía especial, que fue habitado por diferentes pueblos de diferentes lenguas y que cada uno definió “Huayco” a su manera: lugar donde el agua corre para los quechuas, lanzas de agua según los tehuelches y lugar donde se inician a los guerreros/adultos según la cosmovisión mapuche. Antes de entrar a sus cañadones le pedimos permiso a los siete rumbos.
Al Este: el sol, el inicio.
Al Norte: los saberes, los mensajeros.
Al Oeste: la energía femenina, la montaña.
Al Sur: las pampas amarillas.
Al cielo: el cosmos, el universo infinito.
A la tierra: el origen, la madre.
Al corazón: a nosotros mismos.

La peregrinación empieza y la piel se agrieta para despedirse de mi.
La tarde se apaga entre sonidos de cuencos y quenas.
La tarde se va.
Se fue.
Yo me fui.

 

*Estos fueron mis primeros 10 días de autoexploración en Mendoza.
Si querés seguir el día a día de este viaje, seguime en Instagram ❤

 

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