Carta a tus ojos

 

A.:

Te recuerdo una y otra vez. Como si entre nosotros hubiese un hilo invisible que nos une a pesar de los kilómetros que nos separan. Quizás es porque la última vez que nos vimos abrí mi alma para ventilar recuerdos, dolores y alegrías. Pero también te escuché. Y vi tus ojos quebrados, divididos entre razón y corazón.

Presiento que nos necesitamos: yo a tu intuición que me lee, vos a mi voz como puente.

No se puede explicar lo inexplicable. No alcanzan los adjetivos para llenar el vacío que sentís (ese que pincha la piel, que carcome, que agoniza).

Me da tristeza lo pesada que se vuelve la vida con el paso de los años, ¿te das cuenta? El tiempo cobra otra dimensión, como las pérdidas. Lo efímero es efímero de veras, no existe ni existió el “para siempre” que leímos tantas veces cuando niños, como tampoco “la felicidad” como estado permanente y eterno.

Nos vendieron un buzón, hermano. Los números se repartieron antes de nacer y al papelito lo perdimos, vaya uno a saber cuándo y dónde.

No podemos pretender sonreír cuando el cuerpo duele. No podemos pretender crear cuando el alma pide silencio.

Pero, ¿sabés qué?:

El sol no grita cuando el cielo se nubla: solo espera que pase la tormenta.

Los pájaros cantan igual porque la rueda sigue girando (nunca para).

Los árboles siguen de pie (nunca caen).

Los vientos siguen acariciando lo que somos (nunca cesan).

Dejemos de esconder al dolor. Está bien visto reír y mal visto llorar. ¿Te das cuenta cómo nos cristalizamos? ¿Cómo, con el paso del tiempo, perdemos la esencia de ser-humanos?

Te pido, me pido, nos pido que veamos la vida tal como es: con sus matices.

Porque la vida es eso:

un susurro,

un suspiro,

el tiempo que dura una canción,

el tiempo que demorás en pintar un lienzo.

Somos espejos. Somos únicos (tu arte es único, mi poesía es única).

Nuestro mañana puede no existir (y eso lo sabemos).

Nada de lo que pasa a simple vista es demasiado importante (y cómo cuesta entenderlo).

Respiremos desde el estómago una y otra vez.

Respiremos el sincericidio que nos vuelve a convertir en humanos que sienten.

No nos aferremos a la nube. Dejémosla ir aunque tiemble el suelo donde nuestros pies se apoyan.

Tus ojos necesitan descansar.

Y llorar.

Como los míos.

Como los de todos.

Te quiero,

J.

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