Día 6: Palabras sueltas, una historia

DesafíoCreativo #6

Caminaba por la ciudad apretando los dientes y sosteniendo con fuerza su maletín. Su cara lo decía todo: ¿cómo no estar histérica después de las mentiras que tuvo que escuchar? ¿Hasta cuándo lo tenía que soportar? Nonononono, esto no me puede estar pasando a mí, repetía una y otra vez desconsolada. 

Su camisa desabrochada y su pinta desarreglada estaban en sintonía con el aire enviciado de los caños de escape, se miraba en el reflejo de los vidrios de la ciudad y no se reconocía. Tenía ganas de romperle los dientes a cada una de las personas que la miraban y que la criticaban con los ojos. Lo feliz que sería si en este momento me traga la tierra. Necesitaba cambiar su temperatura corporal, se sentía ardida por dentro y por fuera. Corrió unos metros hasta que se refugió debajo de un balcón y como si fuera un reptil, restableció su fuego interno. Respiró, se abrochó la camisa y partió.

Sus manos seguían temblando y no podía coincidir la llave con la cerradura. Cuando al fin lo logró, abrió la puerta de un sacudón, reboleó la cartera en el sillón y caminó unos pasos hasta la mesa del living. Bombacha veloz me decían y mirá cómo terminé. Enamorada de un pelotudo que me hizo creer que era un Buda. ¡Bien tontita fuiste eh!

Se prendió un cigarrillo, le dio 3 pitadas y tosió. Mateo estaba en todos lados, hasta en las sombras. Sonrió desesperada tratando de encontrarlo pero sostuvo su mirada en la ventana. Fue a la cocina, se preparó un mate, le dio al pucho otras 3 pitadas, lo apagó, manoteó el termo y se sentó en su silla vintage mirando el río. Esa costumbre bien mundana la hacía bajar un poco a tierra. Con la mirada perdida y una lágrima bajando en su mejilla como en un tobogán, se preguntó en voz alta: ¿De qué sustancia está hecho el amor? Basta, basta, basta. Necesito aire. 

Sin pensarlo demasiado se levantó, descolgó su bicicleta y se puso unas calzas con corazones rojos y blancos. Bajó por las escaleras, abrió la puerta y salió a rodar un rato, quién sabe por cuánto tiempo. Todo lo que veía eran jeroglíficos: ninguna cabeza, ni piernas, ni ruedas, ni luces, ni ruidos. Su vida se convirtió por un instante en una película muda, blanca y gris. Ni siquiera le prestaba atención al frente porque sus ojos estaban clavados en el canasto y en el libro de autoayuda que Sol, su hermana, le compró en una feria de la calle Florida semanas atrás.

Su corazón latía rápido. Frenó con los pies y se acordó que tenía la tarjeta de crédito con ella. Levantó la vista y vio una cartulina pegada en una cartelera que decía: “Hoy noche de miércoles: día de tropicalísimos en Maracaibo bailable”. Sin dudarlo demasiado, entró con ganas de ahogar sus penas en un ron con coca.

“Es que en la vida hay que ser infiel una vez por día” suena de fondo. Pero para qué mierda entré acá por Dios. Tan patético era el lugar como el hecho de que ella esté ahí sentada en la barra.

Después de tres tragos no puede evitar un hipo arrítmico. El mismo hipo que habrá tenido la que solía llamarse mi amiga después de los vinos que se tomaron juntos, ¡pero qué boluda cómo no me di cuenta antes! ¡Tan rubia y tan tarada! Relojeó el lugar, fue hasta el baño, se pintó los ojos, se puso rubor y mirándose al espejo tarareó un estribillo que funcionó como un mantra: “Yo te saqué un día de allí y me encadené. Te obedecí hasta donde pude mi genio amor”. Jodete: por Susanita te pasa esto.

Sus pensamientos se cayeron del techo cuando escucha sonar unas maracas en la pista. Se levanta los pechos, se acomoda la calza y sale a ver si le gana el round a ese día de puras melancolías y falsas esperanzas.

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