Sweet Cero #9: cabeza no mente

Hoy me llegó esto después de escribir sobre mi cabeza-mente. Hoy leo y pienso.

Lo más importante a tener en cuenta al hablar de estar en el aquí y ahora, de estar “presentes”, es que no es una idea: es una experiencia.

Cuando lo discutimos como un mero concepto, es muy fácil extraviarnos: hablamos y pensamos en esto, puede que creamos comprender de qué se trata, pero eso simplemente no es posible a través de la mente —tal como las prácticas, por ejemplo, de nadar o de andar en bicicleta—. La mente, por su misma naturaleza, no puede conectarse con el aquí y ahora. Puede pensar acerca de eso, comparar con ideas escuchadas en el pasado, proyectar una idea hacia el futuro… pero no percibir directamente el momento presente.

La mente, como mecanismo, es sumamente útil en otros ámbitos, pero para el contacto con el presente constituye una interferencia. Esta diferencia se da de igual modo en muchos ámbitos, en los que creemos dominar un determinado fenómeno por el mero hecho de comprenderlo intelectualmente, lo que es un grave pero muy extendido error, especialmente entre psicólogos y psiquiatras.

Lao Tsé —máximo exponente del Taoísmo— dice que la verdad —el Tao— no puede ser expresada, lo que entiendo como “no puede ser conceptualizada por la mente”.

Podríamos, sin embargo, preguntarnos: ¿qué sentido tiene “estar presente”? Para valorar esta posibilidad suele ser necesario haber descubierto el efecto pernicioso de la alternativa opuesta: descubrir el efecto destructivo de la mente automática y repetitiva en cuanto a generar preocupaciones, tensión, autoflagelamiento, culpa, ansiedad, temor o depresión que resultan vivencias absolutamente innecesarias y que no nos ayudan a enfrentar o a solucionar nada; muy por el contrario: “¡cuánta energía se ha desperdiciado en pensamientos inútiles acerca del pasado, por añorar ociosamente días de antaño, por arrepentimiento y remordimientos vanos, y por la repetición sin sentido y ruidosa, en palabras o pensamientos, de todas las banalidades del pasado! De igual futilidad es gran parte del pensamiento que se le da al futuro: esperanzas vanas, planes fantásticos y sueños vacíos, temores infundados y preocupaciones inútiles” (Nyaponika Thera 1962).

Si de algún modo descubrimos que somos nosotros mismos quienes generamos estas vivencias al alimentar cierto tipo de pensamientos y que tenemos la opción de no hacerlo… la conclusión es obvia y la puerta se abre para que nos interesemos en explorar algo diferente. Quizá la manifestación más cotidiana de lo expuesto en la cita anterior es que nos hemos vuelto compulsivamente adictos a los pensamientos repetitivos y automáticos: escuchamos continuamente nuestras divagaciones mentales, las que en muchos momentos no tienen ni ton ni son.

Rara vez la solución a las dificultades surge de estas divagaciones y, sin embargo, de veras parecemos creer que la única forma de resolver los problemas es reflexionar continuamente en ellos. Si examinamos nuestra experiencia, descubriremos que las ideas o soluciones para enfrentar problemas no surgen de ese modo, sino de un trabajo mental intencional y focalizado en examinar alternativas prácticas; o bien como una respuesta que parece venir de la nada, en un estado en que ésta mente compulsiva se halla relajada. Este es un ejemplo de esto último: estar o no en lo que está ocurriendo ahora tiene una serie de implicancias.

Quien está “ausente” simplemente no se vuelca a sí mismo a la situación: no está allí, no está participando, no expresa lo que piensa o siente… y el momento y sus protagonistas se escapan. La mente neurótica calcula, posterga o planifica, pero el momento es único y se escapa cada vez.

Mientras la mente está ocupada, las personas, las situaciones, circunstancias y las oportunidades de desarrollo y expresión que implican se pierden. Si imaginamos que nuestro potencial es similar a una semilla, cabría preguntarse: ¿qué es lo que ésta semilla necesita para desarrollarse? Sugiero la idea de que éste potencial no es estático, no se halla pre-fijado, y que depende de nosotros desarrollarlo e ir más allá. ¿Cómo hacerlo? Precisamente volcándonos a cada situación, extrayendo el máximo de ella, no dejando nada “para después”, no acumulando asuntos inconclusos y expresando todo lo que este momento particular nos inspira. Así, no habrá remordimientos respecto a lo que se pudo hacer o decir y qué no se hizo ni se dijo. Por supuesto, de lo que se trata es de responder al llamado del momento: es importante distinguir qué nos “llama” en un momento o situación determinados.

Puede presentarse lo que muchos denominarían una gran oportunidad de uno u otro tipo; sin embargo, si escudriñamos con la mayor honestidad y sinceridad posibles nuestras sensaciones, no percibimos ninguna atracción. Y a veces ocurre lo contrario: todo nuestro raciocinio nos dice que no debemos hacer tal o cual cosa, y nuestras claves internas nos indican lo contrario. Al responder al momento, lo importante no son las circunstancias externas, sino la resonancia que sintamos en nuestro interior respecto a ellas.

En momentos privilegiados podemos percibir la perfección de lo que el momento nos trae: concluimos que eso es lo que necesitábamos, nos maravillamos de la sincronicidad de las cosas. Pues bien, si deseamos sumarnos a esa sincronicidad, simplemente debemos volcar lo nuestro en cada instante. De ese modo, desarrollaremos nuestro potencial, cualquiera que éste sea y hasta dónde nos atrevamos a descubrirlo. Según Claudio Naranjo (1990): Obstáculos Si, como señalan las creencias de la Psicología Humanista y Transpersonal, la naturaleza del hombre es vivir en el presente, ¿por qué resulta una experiencia tan infrecuente en los adultos?

Es casi de perogrullo mencionar la influencia del condicionamiento temprano en esta dificultad. Es importante destacarla, sin embargo, porque ésta es una situación generalizada: la cultura occidental completa vive desconectada del momento presente y enseña y refuerza a vivir de este modo. Cada individuo reproduce en sí mismo los mecanismos que se le enseñan para no conectarse con el momento y lugar presentes.

Durante nuestro condicionamiento infantil, experimentamos dos tipos de situaciones que tienen este efecto: a) Situaciones en las que vemos modelos practicando conductas de evitación del momento presente y b) Situaciones que nos resultan dolorosas y que no deseamos, por tanto, repetir. En el primer caso, vemos repetidamente a adultos inmersos en la ensoñación respecto a episodios vividos en el pasado. A veces, esto tiene la carga emocional de la melancolía, la añoranza o la depresión. Vemos que pierden la ocasión de disfrutar ahora por estar inmersos en algo que ya ocurrió y que ya no pueden corregir.

También los vemos planificando o intentando controlar lo que ocurrirá en el futuro, invirtiendo gran cantidad de tiempo y energía en esto, generalmente con el dudoso beneficio de evitar futuro sufrimiento. Cuando niños vemos, por ejemplo, que nuestros padres trabajan con mucho esfuerzo —supuestamente para “nuestro beneficio futuro”—, realizando actividades que les disgustan, para obtener algo en un hipotético futuro.

Como consecuencia de esto, los sentimos lejanos ahora, tensos ahora, neuróticos ahora. Esto no nos hace sentido, pero para ellos parece tenerlo. Nuestros padres y los adultos en general tienen tal grado de justificaciones para éste comportamiento que pronto lo asimilamos como aquello que esperan de nosotros. El segundo tipo de situaciones clave son aquellas en las que experimentamos dolor.

En general se trata de situaciones en las que adultos en los cuales confiamos nos retiran el amor o directamente nos producen daño. Vivimos el dolor con tal intensidad sin interponer las defensas que desarrollamos después, que esto nos resulta prácticamente insoportable: sentimos que el dolor nos aniquilará. Comenzamos a cerrarnos y a defendernos: no queremos volver a sentir esto jamás. Y, naturalmente, para lograr esto debemos anestesiarnos al presente, a lo que estamos sintiendo ahora. Como consecuencia de nuestra exposición a nuestra sociedad, desarrollamos, entonces, defensas.

Estas consisten en una insensibilización generalizada de cuerpo y emociones, que tiene por objeto evitarnos el contacto con el dolor producto de situaciones pasadas y a la vez evitar sentir nuevamente dolor en el presente. Si estamos solos, entonces, evitaremos de diversas maneras que emerja el dolor de nuestras experiencias pasadas; buscaremos “distraernos” y recurriremos al cúmulo de trucos que ya habremos aprendido para no contactarnos con nuestro cuerpo y emociones, con lo que sentimos ahora.

Si nos encontramos en compañía de otros, también pondremos en marcha diferentes estrategias para no abrir nuestra vulnerabilidad a lo que pueda ocurrir en esta situación: actuaremos automáticamente, utilizaremos lugares comunes… lo que sea para protegernos del temido daño emocional. En general, los teóricos humanistas y transpersonales perfilan al individuo neurótico como aquel que, producto de su condicionamiento temprano, vive pendiente del pasado y/o del futuro, bastante ajeno a lo que está ocurriendo en este momento y este lugar, ajeno a lo que siente en su cuerpo y sus emociones ahora. Al no contactarse con estas claves, no logra enfrentar en forma efectiva lo que la vida le presenta, que siempre es ahora.

Como lo dice Horacio en una de sus Epístolas: “Aquel que pospone la hora de vivir como si no le importara en absoluto, es como el campesino que espera que el río pase antes de cruzar; pero ocurre que pasa y pasa, y seguirá pasando para siempre” (cit. en Naranjo, C., 1990, pág.46).

Sugerencias para la Práctica

Nuestros patrones neuróticos suelen parecernos insuperables; esta sensación es, por supuesto, subjetiva, y se debe a que no recordamos haber vivido libres de ellos. La fuerza del hábito, conductas, reacciones y pensamientos repetidos miles de veces, año tras año, agranda el poder real que estos patrones poseen. El antídoto es, por cierto, la consciencia. Independientemente de la persistencia del hábito, de la tendencia de darle y darle vueltas a las cosas en la mente y la fuerza de los patrones emocionales, que de un segundo a otro tiñen completamente cualquier situación de la subjetividad más total, contrarrestaremos esto con atención y dedicación.

Durante el lapso de tiempo en que estamos presentes, nuestra neurosis de hecho no existe. Es muy importante comprender esto, puesto que la idea generalizada es que nuestro desarrollo interno ocurre por etapas y que se trata de un proceso arduo y trabajoso. Si bien es cierto que aprendemos y que dejamos cosas atrás, también es real la posibilidad de saltar de golpe a un estado de consciencia en que nuestra neurosis simplemente no se halla a la vista.

La fórmula es simple: estar presente. Y lo que esto demuestra es que son los pensamientos automáticos los que perpetúan nuestra neurosis.

Estar presente en el aquí y ahora implica, simplemente, estar con todo el ser, con toda nuestra atención puesta en el momento y situación en que se está en este instante, respondiendo a los requerimientos y desafíos que ésta presenta. Implica poner atención al cuerpo, a lo que perciben los sentidos, a todo, valga la redundancia, lo que se halla aquí en este momento. Al intentar hacer esto, probablemente nos demos cuenta del grado en que la mente interviene para comentar e interpretar lo que estamos presenciando y para hacer todo tipo de alcances que no guardan relación alguna con la situación inmediata.

A continuación explicaré cinco claves, que separaré sólo con un fin didáctico, pues se hallan interconectadas intrínsecamente:

a) No dejarse llevar por los pensamientos

Una de las características más importantes de la mente es su capacidad de abstraer, de alejarse de lo concreto, de lo inmediato, de traer recuerdos del pasado y supuestas imágenes futuras y de establecer generalizaciones, diferencias, similitudes, jerarquías, etcétera. Si bien eso puede ser útil en algunas circunstancias muy delimitadas, para la vida cotidiana por lo general representa un grave inconveniente: en la medida en que estamos absortos en estas especulaciones, no estamos aquí.

La sugerencia al respecto es, entonces, dejar que el incesante flujo de pensamientos automáticos pase de largo. De hecho, la mayor parte de los pensamientos que pululan en nuestra mente no están allí por decisión nuestra. Son repeticiones de admoniciones de nuestros padres, profesores, frases repetitivas de la publicidad y de la sociedad en que vivimos, análisis de situaciones basados en temores o actitudes aprendidas tempranamente, etcétera.

Es muy posible, sin embargo, que no nos percatemos de que no somos víctimas del ruido mental del que muchas veces nos quejamos: debemos darnos cuenta de nuestra cuota de responsabilidad al respecto. Anhelamos un silencio mental que nos permita descansar por fin, pero paralelamente hacemos algo que mantiene y refuerza la presencia de esos pensamientos de los cuales nos quejamos… ¿Qué es? Simplemente, les prestamos atención.

Por ejemplo, en nuestra mente suelen repetirse pensamientos de tipo catastrófico respecto a las consecuencias de nuestros actos. Cuando deseamos tomar una iniciativa, seguir nuestro impulso, aparecen todas estas fantasías respecto a las posibles consecuencias negativas. Posiblemente nuestro hábito sea el de seguirles el hilo, comentarlos internamente, dejar que nuestras emociones reaccionen concordantemente… con todo eso, lo que hacemos es reforzarlos. Cada vez que les escuchamos, que dejamos que nos afecten, que los comentamos internamente, les estamos dando más fuerza.

¿Qué hacer, entonces? La solución es asombrosamente simple y no guarda ninguna relación con las extendidas fantasías acerca de la ausencia de pensamientos y el vacío mental, condición que ocurre muy excepcionalmente.

Algo que está enteramente en nuestras manos hacer es dejar de escuchar esos pensamientos, dejar de ponerles atención. Están allí; es posible que no podamos alejarlos, pero podemos dejar de darles importancia. Puede que al principio se vuelvan más insistentes, pero si persistimos en dejarlos pasar, perderán fuerza. Permítaseme sugerir una imagen: estamos en un cuarto lleno de globos, los cuales representan a nuestros pensamientos. Simplemente se trata de dejar de perseguirlos. Quedarse quieto, aceptar su presencia, pero no correr tras ellos como si fuésemos niños, fascinados por sus formas y colores.

b) Estar en el cuerpo y en los sentidos

Si dejamos de poner atención a nuestros pensamientos, ¿hacia dónde dirigiremos nuestra atención? A nuestro cuerpo, a nuestros sentidos. A diferencia de la mente, el cuerpo tiende a estar en el presente. La sugerencia de atender a estos aspectos es quizá la más básica e importante, pues casi inevitablemente nos hace caer al presente.

Si, además, no luchamos contra la presencia de los pensamientos, sino que los dejamos pasar, lo más probable será que después de breves instantes sintamos una tranquilidad poco frecuente. Ponemos atención, entonces, a los sonidos, a las sensaciones corporales, a la temperatura ambiente, a la respiración… y “soltamos” las preocupaciones u otros pensamientos que persistan; quizás imaginando que se van con la exhalación.

No se trata de concentrarse ni de realizar esfuerzo alguno; hablo de una atención que vamos a dejar flotar de una a otra sensación corporal o estímulo sensorial, y que sólo va a evitar dejarse llevar por los pensamientos que aparecen.

Una ventaja adicional de poner atención al cuerpo consiste en que así nos contactamos con las numerosas claves que éste nos entrega, respecto a lo que sentimos en este momento con relación a las personas con las que estamos, el lugar y la situación, y respecto a lo que nos está ocurriendo internamente en nuestra sensibilidad.

c) “Estar con” lo que está ocurriendo en lugar de oponernos

Si observamos muy atentamente nuestras reacciones mentales y emocionales respecto a las diversas situaciones que vivimos, descubriremos que es en extremo frecuente que nos opongamos a la situación que se nos presenta en cada instante.

Esto quizás es en gran medida producto de nuestra mentalidad occidental, más interesada en alterar las cosas que en aceptarlas. ¿Cómo se refleja esto? De cualquier modo que implique alterar una situación con argumentos como: “Esto no debiera estar ocurriendo”; “Mi situación debería ser diferente”; “Es injusto que esto ocurra”; “Esa persona no debió decirme esto”; “Mis padres fueron demasiado severos conmigo”; “Yo no debiera sentir o decir tales o cuales cosas”; “No debiera sentir culpa por esto”; “Esa persona debería cambiar”. La lista es interminable.

¿Significa esto quedarse de manos atadas o pasivo/a ante una situación determinada? No; lo que implica es estar con la situación y con lo que ésta nos produce, antes que dejarnos llevar por nuestra compulsión a modificarla.

Puede que la situación nos guste o no; naturalmente, tenemos preferencias, pero la verdad es que la vida sigue su propio curso de acuerdo a leyes y principios que no entendemos a cabalidad. Las cosas ocurren independientemente de nuestra voluntad y la realidad es que el control que creemos ejercer es una ilusión.

Lo único en lo que tenemos injerencia es en la actitud que asumimos respecto a lo que ocurre en nuestro interior y exterior. Y el estar con lo que está ocurriendo nos traerá una paz insospechada.

Supongamos que nuestra pareja hace o dice algo que nos disgusta. La cadena usual de sucesos que ocurre a continuación es una discusión o, lo que es peor, una acumulación de rencor en la que ambos tratan de cambiarse mutuamente, a través de la culpa o la manipulación de diferentes tipos.La alternativa propuesta supone aceptar lo que de hecho ocurrió y quizá manifestar con claridad la reacción que nos produjo que también debe ser aceptada. La conversación resultante debiera ir dirigida no a modificar al otro o a su conducta, sino a expresar y estar con lo que la situación nos produjo y produce a medida que hablamos, y con las sensaciones y sentimientos que se desarrollen a partir de esto.

d) No dejarse dominar por los patrones emocionales

Podríamos decir que una gran, gran proporción de nuestras reacciones emocionales es automática. Provienen de nuestra herencia genética reptiles, monos, etcétera y están destinadas a mantener nuestra supervivencia protegiéndonos a nosotros mismos, a nuestra prole, nuestra pareja, nuestro territorio.

Además de la herencia de este tipo, están presentes con toda probabilidad en nosotros actitudes y reacciones emocionales de nuestros padres: ira, tristeza, depresión, rencor, desaliento, desesperanza, optimismo, superficialidad emocional, etcétera. Dado que solemos estar más identificados con las emociones que con cualquier otro aspecto de nosotros mismos, este aspecto requiere especial atención y dedicación. Debemos estar muy alertas y atentos, y entonces observaremos lo automáticas y repetitivas que son nuestras reacciones emocionales, y también su primitivismo. No están orientadas a vivir en armonía con otros, sino a cuidar el territorio y asegurar la supervivencia. Nos llevan a engañar, a competir y a hacer una cantidad de cosas contra los demás.

Estar presente en medio de una reacción emocional es especialmente demandante, pero su efecto es mágico. Si estamos alertas y no nos dejamos llevar por ella, podemos sentir la fuerte alteración del cuerpo y los efectos en todo el sistema, pero no estaremos presos de la reacción. Sentiremos el efecto en el cuerpo, sí, pero seguiremos teniendo la posibilidad de elegir, de no ser prisioneros de la emoción en sí.

e) Ante las dificultades concretas, un enfoque práctico

Si concordamos en que la preocupación y la ansiedad anticipatoria son un desgaste inútil, ¿cuál puede ser la sugerencia respecto a las dificultades reales y cotidianas de la vida práctica? Sencillamente, un abordaje cien por ciento práctico, con preguntas como éstas: ¿Qué puedo hacer ahora al respecto? ¿Qué es lo que está en mis manos y qué no? Y si hay algo que se puede hacer ahora, simplemente hacerlo. Y con lo que no está en nuestras manos, simplemente entregarnos a la realidad de que no lo controlamos y no caer en la tentación de sumergirnos en la desgastadora ansiedad.

De seguirlas, estas pocas claves pueden transformar nuestras vidas y llevarnos a un estado de presencia cada vez más frecuente; y eso es lo esencial de lo que en Oriente se ha dado en llamar “iluminación” o “despertar espiritual”.

De Vikrant Sentis. Me llegó a través de Gonzalo Ezcurra.

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